Te tuve por tres minutos, eterno momento.
Así, distante, impertérrita, en pasado perfecto y presente sin igual, como corrección de mis errores en un futuro de verbos lleno de interrogaciones.
La misma sonrisa, un poco más larga, de experiencias ganadas, de besos sufridos, de alegrías vividas. La primera impresión fue ciega, de los nervios no pude observarte. En tu cuello se marcaban las venas titilantes de la espera y tus ojos subían y bajaban junto a un no se qué sensual que rodea todo lo que eres.
Verte no fue igual que tocarte. Prefiero verte y después tocarte. En la calle, en el carro, en la cama, en la mesa, en la silla.
Y sin entender nada porque sólo escuché el silencio de tus ojos casi naranjas, que decían un poquito de todo y un poquito de nada. Repito, te escuchaba poco o nada mientras veía tus ojos casi naranjas, como el sol pero más fríos, como la fruta pero más dulces. Que buscan y no encuentran. Como palabras sin sentido: neceser, escaparate, sueños, ojos, sí tus ojos, casi naranjas, como la fruta, como el sol.
Aparecí y desaparecí en tres minutos y regresé con esa imperiosa necesidad de volver a verte, en realidad de leerte. Como de costumbre, abriendo día y noche tu ventana de locuras e inteligencias, esa mezcla de sabores que derrochas con tus dedos, que dan alimento a mí renacer virtual en esa cajita que acompaña mi soledad. La que tanto odio pero no dejo en paz, la que me permite soñar con la compañía de tus ojos casi naranjas, esos, como la fruta, como el sol. El motivo para buscar tu atención, pedir permiso para conversar y conocerte más. Una experiencia irreal que me tiene en zozobra y que se convirtió en fatiga al ver tus ojos casi naranjas, esos, los de la fruta, los del sol, los que grabé en un poema de tres minutos.
Corto pero sincero, sencillo, etéreo, de sueños.

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